El otoño es, sin duda, una de mis estaciones favoritas para practicar macrofotografía. La humedad regresa al bosque, el suelo vuelve a respirar, y con él despiertan infinidad de pequeñas formas de vida. Cada paseo se convierte en una búsqueda tranquila, casi meditativa, sobre todo porque la marabunta de mosquitos desaparece, la temperatura es buena, no hace frio en exceso y sobreviven algunos insectos que suelen estar tranquilos, casi aletargados.
Amanece más tarde, todo se ralentiza, caminar entre hojas húmedas al amanecer me resulta placentero, el aire es frío, pero no incómodo, y la luz, todavía baja, ofrece una suavidad que en verano resulta imposible, los rayos se filtran entre las ramas y el bokeh se llena de tonos verdes apagados, dorados y ocres. Todo vibra con una calma que invita a disfrutar.
La búsqueda del sujeto
En esta época suelo centrarme en los hongos. No solo por su diversidad, sino por lo que aportan a nivel compositivo: texturas, simetrías caprichosas, transiciones tonales y, sobre todo, microescenarios. Cada uno tiene su propio ecosistema en miniatura.
Encontrarlos requiere más paciencia que suerte. Suelen aparecer en zonas sombreadas, donde la humedad persiste. El truco está en mirar debajo de la hojarasca, despacio, sin prisa, y dejar que el ojo se acostumbre a los diminutos matices del suelo.
Preparar la escena
Una vez localizado el sujeto, empieza la parte técnica. Sitúo la OM System OM-1 con el M.Zuiko 90mm f/3.5 IS PRO Macro, un conjunto que me permite moverme con rapidez y trabajar con precisión incluso en condiciones de poca luz.
El trípode, una vez más, se convierte en un aliado indispensable. Mi preferido es el Joby 5K. Me gusta colocar la cámara a ras de suelo y trabajar con la pantalla desplegable. Si el hongo es pequeño o tiene texturas finas, suelo hacer apilados, el número depende del tamaño y de la profundidad de campo necesaria. En el bosque, el viento apenas se nota, y eso ayuda bastante a mantener todo estable.
El flash es opcional si la ocasión lo requiere, encuentros con algún insecto despistado, pero suelo usar luz natural, en otoño, la luz ambiental tiene una calidad muy especial, pero a veces necesito un pequeño refuerzo para resaltar el volumen o equilibrar el contraluz. En esos casos uso los minicube o el studio portátil de Adaptalux, que me permiten modelar la luz justo donde necesito. Busco siempre una iluminación suave, lateral, que resalte la textura sin crear sombras duras.
Colores y atmósfera
Una parte fundamental de esta época es el color. Las transiciones son sutiles: verdes que se desvanecen, marrones cálidos, tonos amarillentos que cambian con la humedad, rojos, naranjas y ocres…. Intento no saturar en exceso en postprocesado; prefiero que la imagen conserve la atmósfera original.
Trabajo siempre en RAW, y en Lightroom ajusto el balance de blancos ligeramente hacia el cálido, realzando los dorados del fondo sin perder los verdes del primer plano. Los bokeh circulares que genera el 90mm a f/3.5 son una delicia cuando el sol empieza a filtrarse entre las ramas. Termino el trabajo haciendo algunos ajustes en Luminar Neo.
Paciencia y ritmo
Fotografiar hongos es para mi, ante todo, un ejercicio de meditación. No hay prisas ni asustadizos insectos que vuelan al acercarse. Me gusta disfrutar de montar un pequeño escenario alrededor del sujeto.
A veces le dedico bastante tiempo a un solo ejemplar: estudio el ángulo, la dirección de la luz, la altura de la cámara, la relación con el entorno. Me gusta que el fondo acompañe, que cuente algo del lugar sin robar protagonismo al sujeto. En este tipo de tomas, el control de la profundidad de campo y la composición vertical son clave. Toda esta parafernalia me ayuda para cuando la escena necesite de más rapidez de procesamiento, tener bien medidos los pasos.
Procesos y resultados
Una vez en casa, el trabajo continúa. Apilo las imágenes con Helicon Focus, ajustando el método en función de la textura del hongo. Algunos, como los Coprinus comatus, tienen estructuras delicadas que exigen precisión para no perder detalle en los pliegues. Otros, como las puffballs, aguantan mejor los apilados extensos sin mostrar artefactos.
El objetivo es transmitir la sensación del momento: la quietud del bosque, el olor a tierra húmeda, la textura del musgo bajo los dedos…
Una lección de observación
Cada sesión de otoño me recuerda que la macrofotografía no trata solo de ampliar, sino de observar. En cada rincón hay una composición esperando a ser descubierta. Los hongos, tan efímeros como especiales, enseñan a mirar el tiempo de otro modo. Aparecen, crecen, se transforman y desaparecen en cuestión de días.
Y es precisamente esa fugacidad la que hace que vuelva al bosque una y otra vez. No hay dos amaneceres iguales, ni dos luces que repitan su tono exacto. Cada salida es una conversación nueva entre la naturaleza y la cámara.
El otoño, con su ritmo pausado y su aire denso, el olor a tierra mojada, y a musgo, simplemente me encanta y acompañarlo de fotografías, se convierte en una experiencia muy placentera y sensorial.
Por Sergio Gómez – makrothings.es








